Sólo en los comienzos del tratamiento pude conseguir, con un simple apremio por mi parte, que se presentase
el elemento olvidado. Al continuar con la misma técnica comenzaban siempre a
aparecer ocurrencias que por carecer de toda conexión con la materia tratada no podían
ser las buscadas y eran rechazadas como falsas por los enfermos mismos. Una mayor
presión por mi parte resultaba ya inútil en estos casos y, por tanto, parecía constituir un
error el haber abandonado el hipnotismo.
En esta perplejidad me acogí a un prejuicio cuya verificación científica fue
llevada a cabo años después en Zurich por C. G. Jung y sus discípulos. Debo afirmar
que a veces es muy útil abrigar prejuicios. Creía yo firmemente en la rigurosa
determinación de los procesos anímicos y no me era posible aceptar que una ocurrencia
exteriorizada por el enfermo, hallándose intensamente fija su atención en un tema dado,
fuera por completo arbitraria y exenta de toda relación con dicho tema, o sea con la idea
olvidada que procurábamos hallar. Que tal ocurrencia no fuera idéntica a la
representación buscada era cosa que podía explicarse satisfactoriamente por la situación
psicológica supuesta. En los enfermos sometidos al tratamiento actuaban dos fuerzas
contrarias; por un lado, su aspiración consciente a traer a la consciencia los elementos
olvidados que existían en lo inconsciente; por otro, la resistencia que ya conocemos y
que luchaba para impedir que lo reprimido o sus productos se hiciesen conscientes.
Cuando esta resistencia era nula o muy pequeña, lo olvidado se hacía consciente sin
deformación ninguna, hecho que incitaba a sospechar que la desfiguración de lo
buscado sería tanto mayor cuanto más enérgica fuese la resistencia opuesta a que lo
olvidado se hiciese consciente. La ocurrencia del enfermo, que se presentaba en lugar de
lo buscado, habíase originado, pues, como un síntoma; era un nuevo y efímero producto
artificial sustitutivo de lo reprimido y tanto menos análogo a ello cuanto mayor fuese la
desfiguración que bajo el influjo de la resistencia hubiese experimentado. Mas, de todos
modos, tendría que presentar cierta semejanza con lo buscado, en virtud de su
naturaleza de síntoma y dada una resistencia no demasiado intensa, tenía que ser posible
adivinar el oculto elemento buscado, partiendo de la ocurrencia manifestada por el
enfermo. Esta ocurrencia debía ser, con respecto al elemento reprimido, algo como una
alusión, como una expresión del mismo en lenguaje indirecto.
En la vida anímica normal conocemos casos en los que situaciones análogas a la
aquí supuesta por nosotros producen parecidos resultados. Uno de estos casos es el del
chiste. Los problemas de la técnica psicoanalítica me han hecho ocuparme también de la
técnica de la formación del mismo.”
“Es muy apropiado dar, siguiendo el ejemplo de la escuela de Zurich (Bleuler,
Jung y otros), el nombre de complejo de una agrupación de elementos ideológicos
conjugados y saturados de afecto. Vemos, pues, que cuando partimos, en el tratamiento
de un enfermo, de lo último que recuerda sobre un punto determinado, para buscar un
complejo reprimido, tenemos todas las probabilidades de inferirlo si el sujeto pone a
nuestra disposición una cantidad suficiente de sus espontáneas ocurrencias. Dejamos,
por tanto, hablar al enfermo lo que quiera y nos atenemos firmemente a la presuposición
de que no puede ocurrírsele cosa alguna que no dependa indirectamente del complejo
buscado.”
“La interpretación de las ocurrencias que exterioriza el paciente cuando se somete
a los preceptos psicoanalíticos capitales no es el único de nuestros medios técnicos para
el descubrimiento de lo inconsciente. Al mismo fin conducen otros dos procedimientos:
la interpretación de sus sueños y la evaluación de sus actos fallidos (Fehlhandlungen) y
actos casuales (Zufallshandlungen).
Cuando se me pregunta cómo se puede llegar a practicar el psicoanálisis,
respondo siempre que por el estudio de los propios sueños. Con justo tacto han eludido
hasta ahora los adversarios de nuestras teorías penetrar en la crítica de la interpretación
de los sueños, o han pasado rápidamente sobre ella con las objeciones más superficiales.
Mas si, por el contrario, llegáis a aceptar las soluciones que el psicoanálisis da al
problema de la vida onírica, no presentarán ya dificultad ninguna a vuestros ojos las
novedades que pensáis encierra nuestra disciplina.”
“Cuando nos hallamos despiertos acostumbramos considerar tan
despreciativamente nuestros sueños como el paciente las ideas que el investigador
psicoanalítico le hace manifestar. Rechazándolos de nuestro pensamiento, los olvidamos
generalmente en el acto y por completo. Nuestro desprecio se funda en el extraño
carácter que presentan aun aquellos sueños que no son confusos ni descabellados y en el
evidente absurdo e insensatez de otros, y nuestra repulsa se basa en las desenfrenadas
tendencias, inmorales y desvergonzadas que, en algunos sueños, se manifiestan
claramente. En cambio, el mundo antiguo no participó de este nuestro desprecio de los
sueños, y en la actualidad tampoco las capas inferiores de nuestro pueblo se dejan
engañar con respecto a la estimación que a los mismos debe concederse, y esperan de
ellos, como los antiguos, la revelación del porvenir.
Por mi parte confieso que no hallo necesidad de hipótesis mística ninguna para
cegar las lagunas de nuestro actual conocimiento y que, por tanto, no he podido hallar
jamás nada que confirmara una naturaleza profética de los sueños. Hay muchas cosas de
otro género, y también harto maravillosas, que decir sobre ellos.
En primer lugar, no todos los sueños son esencialmente extraños al sujeto que
los ha tenido, ni confusos e incomprensibles para él. Examinando los sueños de los
niños más pequeños, desde el año y medio de edad, se halla que son grandemente
sencillos y fáciles de explicar. El niño pequeño sueña siempre la realización de deseos
que han surgido en él el día anterior y que no ha satisfecho. No es necesario ningún arte
interpretativo para hallar esta sencilla solución, sino únicamente averiguar lo que el niño
hizo o dijo durante el día anterior al sueño. La solución más satisfactoria del problema
sería, ciertamente, que también los sueños de los adultos fueran, como los de los niños,
realizaciones de sentimientos optativos provocados durante el día del sueño. Y así es en
realidad. Las dificultades que es necesario vencer para llegar a esta solución van
desapareciendo poco a poco, conforme se va haciendo más penetrante el análisis de los
sueños. No obstante, resulta tan difícil para el sujeto reconocer el sentido de sus sueños como para el
histérico la relación y el significado de sus síntomas.”
“Por medio de una labor sintética puede llegarse también al conocimiento del
proceso de deformación, que convierte las ideas inconscientes del sueño en el contenido
manifiesto del mismo, proceso al que damos el nombre de elaboración del sueño y que
merece todo nuestro interés teorético, porque en él podremos estudiar, mejor que en
ningún otro, qué insospechados procesos psíquicos son posibles en lo inconsciente, o
dicho con mayor precisión, entre dos sistemas psíquicos separados: la consciencia y lo
inconsciente. Entre estos nuevos procesos psíquicos se destacan el de la condensación y
el del desplazamiento. La elaboración del sueño es un caso especial de las influencias
recíprocas de diversas agrupaciones anímicas; esto es, de los resultados del
desdoblamiento anímico, y parece en lo esencial idéntica a aquella labor de deformación
que, dada una represión fracasada, transforma en síntomas los complejos reprimidos.
En el análisis de los sueños descubriréis con admiración la insospechada
importancia del papel que desempeñan en el desarrollo del hombre las impresiones y los
sucesos de la temprana infancia. En la vida onírica del hombre prolonga su existencia el
niño, conservando bien sus peculiaridades y deseos, aun aquellos que han llegado a ser
inutilizables en la vida adulta. Con el poder incoercible se presentarán ante nosotros las
evoluciones, represiones, sublimaciones y reacciones por medio de las cuales ha surgido
del niño, muy diferentemente dispuesto, el hombre llamado normal, sujeto, y en parte
víctima, de la civilización tan penosamente alcanzada.”
“Los pequeños actos fallidos de los hombres, tanto normales como
nerviosos; actos a los que no se acostumbra, en general, dar importancia ninguna: el
olvido de cosas que podían saberse y que en realidad se saben en otros momentos (por
ejemplo, el olvido temporal de los nombres propios); las equivocaciones orales, en las
que con tanta frecuencia se incurre; los análogos errores cometidos en la escritura y en
la lectura; los actos de aprehensión errónea, y la pérdida y rotura de objetos, etc. Merecen
estos actos ser reconocidos como síntomas, y su observación puede conducir,
como la de los sueños, al descubrimiento de los elementos ocultos de la vida anímica.
Por ellos revela generalmente el hombre sus más íntimos secretos, y si aparecen con
especiales facilidad y frecuencia hasta en individuos sanos, que han logrado llevar a
cabo, con todo éxito, la represión de sus tendencias inconscientes, ello se debe a su
futilidad y nimia apariencia. No obstante, pueden aspirar tales actos a una más alta
valoración teórica, pues nos muestran que la represión y la formación de sustitutivos
tienen también lugar en condiciones de salud normal.”
“Reunid ahora todos los medios que para el descubrimiento de lo escondido,
olvidado y reprimido en la vida psíquica poseemos: el estudio de las ocurrencias del
paciente provocadas por libre asociación, el de sus sueños y el de sus actos fallidos y
sintomáticos; añadid a ello la valoración de otros fenómenos que aparecen durante el
tratamiento psicoanalítico y sobre los que haré más adelante, al tratar de la
«transferencia», algunas observaciones, y llegaréis conmigo a la conclusión de que
nuestra técnica es suficientemente eficaz para poder cumplir su cometido, atraer a la
consciencia el material psíquico patógeno, y poner así término a la dolencia provocada
por la formación de síntomas sustitutivos. El que en el curso de nuestros esfuerzos
terapéuticos logremos enriquecer y hacer más profundo nuestro conocimiento de la vida
psíquica de los hombres, tanto normales como enfermos, no puede ciertamente ser
considerado sino como un especial atractivo y una ventaja de esta labor